ENTREVISTA. Exclusivo: habla el mendocino que combatió junto al Che, por Leonardo Silva

Ciro Bustos nació en Mendoza y es, quizás, el argentino que más cerca estuvo de Guevara. En 1967 se unió a él en Bolivia. Fue señalado como el hombre que delató al guerrillero pero un un libro y un documental demostraron lo contrario. Los Andes logró dar con él en su exilio en Suecia.

Por Leonardo Oliva

Ciro Bustos ha hecho una militancia del silencio. Así lo hizo mientras creyó en -y practicó- la lucha armada como guerrillero; luego repitió ese credo al caer detenido en Bolivia; y se mantiene callado ahora, en su largo exilio en Suecia. Será por eso que su historia es prácticamente desconocida en Mendoza, donde nació hace 78 años.

Hasta ahora, cuando Los Andes logró dar con el hombre que la historia oficial señaló como “el Judas del Che Guevara”, el que supuestamente reveló la presencia del mítico Che en Bolivia.

Condenado a “pensión perpetua”, como él dice, vive en Malmö, una ciudad portuaria en el extremo sur de la gélida Suecia. Siempre celoso de su palabra, no aceptó hablar por teléfono, pero sí responder algunas preguntas por mail en la primera entrevista que da a un medio mendocino.

Se describe a sí mismo como “el único sobreviviente de un plan del Che”. Y no le falta razón: fue testigo directo como combatiente y dirigente- de esa empresa suicida que Guevara llevó a cabo para tratar de repetir la experiencia de la revolución cubana en todo el continente latinoamericano.

Pintor de vocación y profesión, se fascinó con la Cuba de los barbudos a principios de los ’60 y hacia allí se fue, para conocer en directo la primera experiencia socialista de Occidente. El azar, pero también su condición de argentino, lo terminaron acercando al Che y a la utopía sesentista: la revolución continental.

Hasta la victoria siempre

Bustos pasó la mayor parte de su vida fuera de Mendoza. Pero de ella extraña “todo”, según confiesa. En su libro-testimonio, “El Che quiere verte” (2007), le dedica el primer capítulo a la provincia, donde “empezó todo”. Aquí se formó, en la escuela de Bellas Artes de la UNCuyo, donde compartió ateliers y lecturas políticas con Carlos Alonso, Orlando Pardo y Luis Quesada, entre otros.

Aquí volvió a vivir en 1975, con la valija cargada con cuatro años de prisión en Bolivia y un primer exilio en Chile, tras la muerte del Che.

Un año después, amenazado por la Triple A, le llegó el exilio definitivo, aunque cuando pudo -recién en 2009- volvió de visita, pero encontró una ciudad y un país “enrejado. Los jardines al frente de las casas, que tanto me gustaban cuando salía a caminar y mirar a las señoras regando sus plantas y el césped, están ahora detrás de rejas”.

Cuesta creer que un hombre que habla de estos mendocinismos haya sido años atrás uno de los cinco primeros argentinos elegidos por el Che para calzarse el uniforme guerrillero. Y que haya sobrevivido para contarlo.

Su confusa figura recién encontró algo de luz en 1997, gracias a Jon Lee Anderson, el biógrafo más famoso de Guevara, cuyo libro “Che. Una vida revolucionaria” fue el primero en revisar a fondo la vida del argentino, a 30 años de su muerte.

-¿Por qué demoró tanto en hablar, cargando con la acusación de que usted delató al Che?

-Nunca hubo tal acusación, ni podía haberla. La prensa crea sus propios mitos. Y a mí no me gusta la especulación personal.

Bustos lo dice sabiendo que ha sido reivindicado. Primero con el ya clásico libro de Anderson, el primer y único autor que fue hasta Suecia a entrevistarlo. Y después con el documental sueco “Sacrificio, ¿quién traicionó al Che Guevara? (2001)”, donde se lo ve explicando con inconfundible tonada mendocina su actuación en aquellos años tumultuosos.

-¿Qué estigmas, físicos y psicológicos, le dejó la guerrilla, ese coqueteo constante con la muerte en la selva?

-Ninguno, salvo el asombro ante el valor humano.

-Usted confiesa en su libro que tuvo que rematar a un compañero condenado a muerte y al que otro guerrillero no logró darle el disparo fatal. ¿Ese episodio, no le hizo replantearse su participación en la lucha armada?

-Relato lo que trágicamente ocurrió y nos afectó a todos. Era el precio a pagar en un escenario de vida o muerte.

Siempre escueto en sus respuestas, Ciro Bustos no duda en dejar que sólo el tiempo y la historia den su veredicto sobre las razones que tenía para tomar las armas. “Asumir el peligro en primer plano con el fin de luchar por una idea de un mundo mejor es un acto de entrega, de renuncia a los bienes materiales, de sublimación de la personalidad”, escribe en su libro.

Pero si su opinión parece celebratoria, más adelante desliza su crítica: “Nos creíamos imbuidos de la verdad revolucionaria y no éramos más que ilusos engolosinados con la idea de imponer la justicia por las armas”.

Entre el heroísmo y el delirio, así vivió esos días, esos meses, esos años. “Hagan de cuenta, desde ahora, que ya están muertos. Lo que vivan de aquí en adelante será de prestado”, cuenta que les dijo el Che en Cuba, la primera vez que él, el periodista Jorge Masseti y otros tres argentinos iniciaron la fracasada aventura de instalar en 1964 la primera guerrilla en territorio argentino, en Salta.

Ellos debían preparar el terreno para el desembarco de Guevara, pero antes se desencadenaron las deserciones, los fusilamientos y un allanamiento de Gendarmería en el que los guerrilleros terminaron muertos o detenidos. Salvo Bustos, que justo estaba en Buenos Aires reclutando combatientes para el ya extinto Ejército Guerrillero del Pueblo.

El enviado del Che

Por su habilidad para pasar desapercibido, Bustos fue elegido por el Che como su “enlace” con la izquierda revolucionaria rioplatense. Así conoció a escritores e intelectuales que simpatizaban con su causa, como Eduardo Galeano, Juan Gelman, David Viñas, Oscar del Barco y hasta al fundador de la guerrilla uruguaya Tupamaros, Raúl Sendic, al que -cuenta- le facilitó las primeras armas.

Para todos era “Laureano” y, más tarde en Bolivia, “Carlos”. Pero para Guevara siempre fue el “Pelao”, debido a su eterna calva.

-¿Con qué tipo de hombre se encontró la primera vez que lo vio?

-Con uno del cual sería incondicional.

-¿Por eso volvió a acompañarlo en Bolivia pese al fracaso en Salta?

-Fracasó un intento, no el proyecto, y yo era el sobreviviente.

Entre 1963 y 1967, Bustos vivió en la clandestinidad, entre Cuba, Córdoba y Buenos Aires, con algunas visitas a Mendoza, donde no vio a su familia (“la primer regla de la clandestinidad empieza con la familia. Desvincularse totalmente, es una forma de protección”, explica), sino sólo a viejos compañeros de militancia, como el periodista Ramón Abalo.

Hasta que un día recibe un mensaje: “El Che quiere verte”. La cita era en Bolivia, en la selva, por lo que comprende que Guevara ha abandonado Cuba e iniciado la que sería su última aventura.

Cuando llega al campamento, más que al mítico Che ve a “un profeta en andrajos”, según su certera descripción: “Con una carabina al hombro y gorra de anarquista de los años ’30, barba rala y pipa colgando de la boca, caminaba directo hacia mí. Su ropa destrozada colgaba en jirones. Vestía el traje de la miseria universal, raído y mugriento. Nos fundimos en un abrazo estrecho y prolongado”.

Después de eso, el Che le confiesa que su intención es “la toma del poder político” en la Argentina, una idea “con destellos mágicos”, según la califica hoy Bustos.

-¿No le dijo eso personalmente, le planteó otra alternativa a una guerrilla rural?

-Sólo hablando de nuestra propia experiencia en la zona, que demostraba aislamiento y lejanía del sujeto histórico; la lucha se estaba dando desde siempre entre las masas, obreros, estudiantes y capas medias.

-Cree en las teorías que dicen que Fidel Castro se sacó de encima al Che y lo dejó librado a su propia suerte?

-No creo en esa postura de Fidel. Se tenían un enorme cariño.

Bustos salva a Castro, pero en su libro le endilga al aparato de inteligencia cubano un boicot al Che y su guerrilla, que termina aislado y perseguido por la CIA en Bolivia.

Cuando intentó salir para recuperar los lazos urbanos y salvar al Che y los suyos de la aniquilación, Bustos fue detenido el 19 de abril del ’67 por el ejército boliviano junto al intelectual francés Regis Debray, que también se había sumado a los combatientes.

Interrogado, esconde su identidad, hasta que unos días después informan desde Argentina quién es: “Ciro Bustos, mendocino, pintor, diletante de izquierda reconocido”.

“-Es pintor, a ver, haga un dibujo, coño, ¡dibuje un guerrillero!”, le pide el agente boliviano de la CIA que lo interroga. Y Bustos dibuja los retratos de cada uno de los integrantes de la guerrilla, incluido “Ramón”, el mismísimo Guevara, con pipa y todo. De esta supuesta delación se agarraron luego quienes lo señalaron como “el Judas del Che”, los mismos que convirtieron en héroe al célebre Debray, por el que el gobierno del general De Gaulle pidió su liberación.

Lo que recién tres décadas después salió a la luz es que Bustos infiltró entre sus dibujos a dos personajes inexistentes, dos supuestos contactos que eran su nexo con la guerrilla y que le permitieron mantener a salvo a toda la red urbana de apoyo que había construido pacientemente en la Argentina. Según recuerda, ya todos sabían que el Che estaba en Bolivia, por lo que su declaración no aportó nada nuevo al gobierno boliviano y a la CIA.

“Guardarles la vida a ellos –la gente que apoyaba a la guerrilla- era parte de mi preocupación en ese momento. Y me propuse actuar de manera que se mantuvieran a salvo, independientemente de lo que a mí me costara”, explica en su libro.

Hoy se jacta de que “nadie fue molestado por mi causa”, como satisfacción de que su silencio cumplió su objetivo.

Condenado en Bolivia a 30 años de prisión, fue indultado –gracias a las presiones del gobierno francés por Debray- en 1971. Recibió asilo en el Chile de Salvador Allende y luego del retorno de Perón a la Argentina, volvió a Mendoza y a la pintura, siempre con ese perfil bajo que le permitió sobrevivir en los peores momentos.

Coqueteó con el ERP y finalmente, amenazado por la Triple A y en vísperas del golpe militar de 1976, pidió asilo político en Suecia para él, su mujer y sus dos hijas.

Allí debió trabajar como estibador de puerto para sobrevivir, hasta que el Estado de bienestar sueco lo premió con una módica jubilación.

Hoy vive en un edificio de departamentos de Malmö, pendiente como siempre de las noticias de su país y de Mendoza. Y guardando con obsesivo celo sus experiencias junto a uno de los personajes más trascendentes y polémicos del siglo XX.

-Hoy, a la distancia, ¿cuál es la mayor virtud que observa en el Che y cuál su mayor defecto?

-Su honestidad; hacía lo que decía. No sé si la ilusión es un error.

FUENTE: http://www.losandes.com.ar/notas/2010/10/9/exclusivo-habla-mendocino-combatio-junto-519526.asp

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